Lucero Coronado
Sé que en la generación Z estamos en un bucle de vidas dobles, donde la identidad digital se traslapa con la identidad cotidiana y, a veces, no sabemos en qué lugar acaba una o la otra. Esto nos ha llevado a relacionarnos a través del detalle, pero no del gesto. Un “like” en la historia de Instagram de tu crush en lugar de un mensaje para iniciar conversación, una nota de voz en lugar de una llamada, el compartir de un TikTok como “indirecta”. A veces, parece que huimos del enfrentamiento, mientras llevamos el título de “protagonista” en nuestras redes sociales. No por nada se dice que la generación Z es la que menos sexo tiene en comparación con la juventud de los millenials. Una pandemia que conllevó ciertas adolescencias interrumpidas, la sobreexposición a estímulos inacabados, la fragilidad de las relaciones en el sistema de “compra y venta”. Claro que vamos a ser jóvenes aterrados por la intimidad.
Disfruto mucho cuando el cine no “representa” algo. Si no, más bien, devela lo que se quiere ocultar. Y Gregg Araki, afamado director del nuevo cine Queer estadounidense, lo sabe muy bien. Aunque conocemos que “el sexo vende”, no siempre sabemos cómo. Y dudo que incluso generaciones anteriores lo sepan. El sexo parece ser ese espacio gris en el que nos adentramos con miedo y curiosidad, sea cual sea la generación. En I Want Your Sex (Quiero tu sexo) (2026), la nueva película de Gregg Araki, se cuestiona la puesta en escena de un show tan vergonozoso como excitante, sea en cama o en una galería. Y nos hace preguntarnos si está el deseo limitado por algo más que el consentimiento.
La película presenta a Elliot (Cooper Hoffman), un chico de 23 años cuyo andar en el mundo se limita a lo seguro, y a Erika (Olivia Wilde), artista conceptual desenfrenada y cínica que, después de contratarlo como su asistente, pone de pies a cabeza (literalmente) a Elliot y su miedo al riesgo. Entre BDSM, excesos y arte (como si hubiera una diferencia entre ellos), su relación deviene más que ama y esclavo, jefa y asistente, amigos y amantes. Con esto, Araki nos dice que el límite de la “posibilidad” es lo realmente erótico.
La generación Z debe saber que no hay nada más real y disfrazado que el sexo. Por eso creo que un despertar colectivo también implica un despertar individual, y eso se da por dilatar los poros, erizar los vellos y besar las bocas necesarias para bajar las armaduras y dejarnos afectar. No temerle al “otro”. Claro, siempre autopreservándonos, pero sin abandonar la pulsión erótica, o sexual, que nos hace “no ser los mismos”. La posibilidad de un contacto carnal solo abre nuevas posibilidades. No todas son “miel sobre hojuelas”. Sin embargo, todas descansan sobre la misma chispa: el deseo. Por eso, me atrevo a decir que, en el sexo, no se trata de ti, sino de la otra persona. Y esto siempre es una coreografía dialéctica. Un ir y venir.
I Want your Sex conserva lo desvergonzado e irreverente del estilo particular de Araki, pero lo lleva a su versión más popular (¿y cliché?). Es como si una comedia romántica, en su sentido más superficial, copulara con lo explícito y caricaturezco de una portada de Playboy de los ochenta. Los colores tan llamativos, los vestuarios implementados y los juegos de cámara crean una disonancia interesante entre las escenas de sexo rudo y la implicancia de un cuerpo desnudo frente a espectadores, permitiendo que la película se ría de sí misma sin quitarle la cadena del cuello a la intención disruptiva de su premisa. A veces escupiéndole un poco para lubricarla.
Lo que realmente funciona en la película es que no es una reprimenda a nadie. No se toma el trabajo de excusar moralmente a sus personajes. No se trata de si hacen bien o mal. Más bien, denotar que todos estamos atravesados por la “pulsión” de un límite que no nos atrevemos a cruzar, y que, a veces, está bien no hacerlo. Erika utiliza el sexo, al arte y a Elliot como los medios para darse validez a sí misma, mientras que Elliot recurre a Ericka para desfogar sus deseos carnales y afectivos en un mundo mediado por la productividad digital y la eficencia impulcra. Pero, para Araki, el mundo del arte y el sexo reproducen la misma lógica: El consenso es lo que lo hace emocionante y retador. No siempre lo obtienes como quieres, pero cuando llega por ambas partes, provoca la venida perfecta.
Comentarios por Fernando Montenegro