Jamely Esmeralda
Me gustan las películas de un solo nombre. Parasite. Alien. Shrek.
Me gustan las películas en blanco y negro. La Haine. Psicosis. Roman Holiday.
En una clase de Crítica de las Artes una profesora cuyo nombre prefiero olvidar reprendió fuertemente a una chica porque su primera respuesta ante Nada de Carmen Laforet fue que “le gustó mucho”.
–Uno no puede basar el criterio profesional de consumo de un producto artístico en torno a si a uno le “gusta” –dijo con un tono severo.
Difiero imperiosamente. El gusto es un gran indicador para cualquier curioso por el funcionamiento del mundo, y para cualquier estudioso de los productos artísticos que lo configuran. Nada nuevo bajo el sol. La distinción no se escribió en vano. No sólo Bourdieu (Fr), Sontag (Us), ¡¡Adorno!! (Ger), García Canclini (Arg), Gonzáles (Mex). Existe mucha literatura sobre el gusto en tanto objeto sociológico de estudio que antes era exclusiva de las aulas de las escuelas de letras y que hoy abunda en formato video en TikTok gracias a los creadores de contenido. No había leído yo la mayoría de esa literatura para ese entonces porque no me había convertido aun en la insoportable mujer que soy hoy, pero siempre había guiado mi consumo de libros, películas, canciones en torno a mi gusto personal, y me parecía un factor de selección y preferencia tan válido como cualquier otro. No es casual que el título de esta serie de escritos lleve “gusta” por nombre. Lo que le gusta a la gente, y sobre todo, por qué les gusta, constituye una de las más fuentes más evidentes del pensamiento cultural, político y social de una sociedad.
Porque me gustaban las películas en blanco y negro y porque me gustan los nombres simples, decidí ver Roma en el 2018. Mis antecedentes con el director para entonces: Harry Potter y el prisionero de Azkaban. No tenía más información sobre la obra de Cuarón que esa única película de la saga mágica que dirigió, duramente cuestionada en su momento por su tono narrativo y su doblaje al español.
A mí me había encantado porque Daniel Radcliffe se veía más guapo y adolescente, ya no tan chiquito como yo para esa época. A mi mamá le había encantado porque Gary Oldman hacía de Sirius Black.
Así que fui a ver Roma sin ningún tipo de referencia del estilo de Cuarón. Sólo había leído a los señores en Twitter quejarse de la protagonista, una entonces desconocida Yalitza Aparicio, y eso fue lo que terminó de comprar el boleto para la función de las 15:30. Me gusta cualquier cosa que enoje a un señor en internet.
¿Por qué los señores de internet estaban tan enojados por que Aparicio protagonice una película de difusión masiva? ¿Por qué no les gustaba verla en la pantalla? ¿Cuál era el motivo de que escribieran cosas tan feas en los comentarios de los posts donde ella aparecía ya no con el uniforme de chacha (es así como le dicen en México), sino con un elegante vestido y maquillaje profesional en los eventos de estreno?
Lo primero que sabes de Roma es que no sucede ahora. Por los electrodomésticos, la ropa, los peinados, la arquitectura, adivinas que la historia se desarrolla en algún año de la década de los 70s. Y simultáneamente, casi al mismo tiempo, notas que la historia sí sucede ahora. Todo lo que muestra podría situarse en la actualidad y no alteraría de manera sustancial la conversación que la historia propone.
¿Una película mexicana que retrata la desigualdad de clases en México? ¿Otra vez? A diferencia de Ecuador, en donde nuestra producción cinematográfica persiste a punta de cariño y trabajo mal pagado, en México el cine y la producción audiovisual son trabajos perfectamente rentables. Tienen una industria centenaria, consolidada y generadora de sus propios subgéneros. Por lo tanto, si bien en Ecuador existe cine que hace referencia o revisa superficialmente las dinámicas de clase en tanto configuración del país –con contadas excepciones, que la vuelven parte intrínseca de su filmografía, como la gran Tania Hermida–; en México esto es tan común, que el canon ya es parodia.
Así que, ¿qué de nuevo podía ofrecer Cuarón?
Sutileza, me aventuré a soltar a eso del minuto doce. El sonido del agua correr, el silbido de un avión al volar, la revelación muy casual de que Cleo no habla poco porque sea una mujer callada y dócil, sino porque su lengua materna es el mixteco –con el todavía más sutil detalle de que nadie dentro de la familia de sus empleadores lo sabía–. Diré algo tan cliché como el hacer una película sobre clasismo en México: Roma es una película sobre lo sutil.
Pero como nos dijo Ramiro Noriega a mí y a una veintena de estudiantes de Literatura más allá por el 2018, los temas, en realidad, están todos ya escritos, filmados y cantados. La única novedad posible es la mirada. La mirada, el abordaje, la perspectiva, vaya, es lo que le da corporalidad propia a una obra si es que esta es lo suficientemente atrevida como para subvertir el tema de manera en que la obra no nos resulte idéntica a las otras miles de cosas creadas para tocarlo.
La mirada de Cuarón sobre este tema es bastante cercana, como si nos estuviera mostrando un pedazo de una historia que se guardó por mucho tiempo. Y en esa intimidad, hay un problema. A través de entrevistas llegué a saber que Roma se basa en una anécdota familiar de Cuarón, siendo Pepe, el hijo mediano de la familia, su alter ego; y que Cleo está basada en Liboria Rodriguez, la empleada doméstica de la familia de Cuarón en los 70s.
Entonces Roma es una película sobre la desigualdad de clases en México contada por las memorias de un niño de la Roma Condesa. Y con todo respeto a Cuarón, it shows. Por eso, a pesar de su nombre monosilábico y su colorización duocromática, la película no me gustó. No por Yalitza Aparacio, quien en mi opinión dio una brillante interpretación y quien ojalá le cine mexicano le brinde más oportunidades de tener un protagónico donde no sea chacha; no por el pequeño gesto de display de sororidad entre ambas mujeres cuando son dejadas por sus respectivos maridos y el reordenamiento de lo doméstico desde lo matriarcal; no por su timing pausado y su edición más bien lenta.
En resumen, no por las razones que les disgustaron a los señores INCEL de Twitter.
Sino por la razón por la que la película sí les gustó a las mamitas Delta de Latinoamérica: “es que (nombre de trabajadora doméstica) es de la familia”. En Ecuador la cultura del trabajo doméstico remunerado es profundamente violenta, desigual y está, por supuesto, racializada.
Hasta 2007, las trabajadoras domésticas ecuatorianas eran legalmente explotadas por sus empleadores. Era común ver anuncios en el periódico con la leyenda “se busca empleadas puertas adentro”. La mayoría de ellas ganaba 80 dólares mensuales por jornadas que no conocían fin, pues habitaban las casas de “los amos” y atendían a cualquier hora que se los solicitaran. Todavía rentan y venden apartamentos en zonas residenciales con “cuarto de servicio”, que son una inmunda trastera de dos por dos. Aunque a partir de la Constitución del 2008 se estableció un marco legal que contempla los derechos laborales de las trabajadoras domésticas y que les brindó la instancia normativa que les otorga acceso a un Salario Básico Unificado, afiliación obligatoria al Seguro Social, entre otras garantías constitucionales mínimas –recordar lo condenado que fue este hito entre las clases oligarcas y arribistas de este país–, en la actualidad, dentro de la esfera de lo social y lo cultural, las trabajadoras domésticas siguen enfrentándose a discriminación, tratos injustos, sueldos indignos y en el mejor de los casos, a empleadores que dicen que “son como de la familia”, porque las explotan para sus videos en internet donde las usan como prop humorístico, porque las sacan a pasear al centro comercial con uniforme para que estén pendientes de los bebes mientras la señora se hace las uñas, y porque es un poco más fácil convencerte de que no estás haciendo algo jodidamente perverso cuando lo edulcoras con el mito colonial del salvador blanco.
Esto es lo que sucede hacia el clímax de la película. Cuando Sofía le dice a Cleo que “la quiere”. Después de que esta haya puesto en riesgo su propia vida para salvarle a los chamacos, obvio. Regresan a casa, abrazados, y la mamita Delta ha recibido su catarsis, porque ahora Cleo es una “más de la familia”. Excepto que seguirá durmiendo en el cuarto de atrás. Y que seguirá siendo usuaria del precario sistema de salud público nacional. Seguirá trabajando sin horarios, seguirá obligada a hablar español en vez de Mixteco. Seguirá siendo población vulnerable, seguirá siendo sujeta a no poder decidir sobre un embarazo (y no poder costear el hacerlo de manera privada y digna). Seguirá cuidando niños ajenos mientras ella no puede planificar a los suyos propios.
Su realidad material seguirá siendo la misma, sólo que ahora Sofía se sentirá mejor consigo misma porque ya le dijo que la quería.
Roma es, para mí, la representación filmográfica de una culpa generacional sobre los cuerpos explotados pero sin la voz auténtica (literal y figurativamente) de esos cuerpos explotados. Cuarón no tiene por qué buscar cuestionar o responderle al sistema con su película. Puede simplemente mostrar su historia de niño de la colonia más exclusiva de la ciudad de México hablando sobre esa entrañable empleada de la infancia, desde lo sutil, desde lo taimado, desde la calma raramente interrumpida.
Puede hacer tantas películas para el gusto de las mamitas Delta de Latinoamérica como desee.
Jamely Esmeralda
Nacida en Guayaquil en 1998. Estudió Literatura en la Universidad de las Artes. Fue seleccionada estudiante embajadora por la Cumulus Global Art and Design Educartion en 2021. Es creadora de contenido digital político desde 2025. Ha sido invitada a conferencias, encuentros y conversatorios sobre derechos humanos y pensamiento político como keynote speaker por Universidad Casa Grande, Universidad de Guayaquil, Universidad de Milagro y fundaciones como Rosa Luxemburgo sede Quito.
Comentarios por Fernando Montenegro