Javier Izquierdo
Desde hace rato que tengo ganas de escribir sobre cine, pero por algún motivo u otro, nunca lo llego a hacer. De películas que pasan fugazmente por nuestras carteleras o plataformas, pero es como si no lo hubieran hecho, ya que poca gente las ve y no se comentan en los medios.
Películas como Queer (2024) de Luca Guadagnino, edulcorada adaptación de William Burroughs, que recrea la estancia del escritor “beat” en Ciudad de México y un viaje a Sudamérica en busca de ilícitos, en las que aparecen -inteligencia artificial mediante- unas fantasmagóricas Quito y Guayaquil de los años cincuenta.
O la nueva versión de Hollywood, en formato musical-caribeño, de El beso de la mujer araña con Jennifer López y Diego Luna, casi cuarenta años después de la versión anterior, ambientada en Brasil por Héctor Babenco (con Sonia Braga y William Hurt), ambas adaptaciones de la legendaria novela del argentino Manuel Puig.
Ningún artículo sobre estas obras ha aparecido en medios ecuatorianos, lo cual me hace pensar en la progresiva desaparición de las películas del debate público, sin duda producida por la inevitable extinción de los medios escritos, y la pauperización de los digitales.
Pero no deja de ser paradójico que al mismo tiempo que cierto “cine de autor” tiene un lugar cada vez más marginal en los medios, aparecen plataformas como Letterboxd, donde todo el mundo puede publicar sus opiniones, favorables o no, lacónicas o sesudas, sobre este tipo de películas (las dos películas antes mencionadas tienen cientos de mini-reseñas), lo cual demuestra que existe una nueva generación de voces críticas y que “entre gustos y colores…”
Me pregunto, ¿qué sentido tiene escribir sobre cine en épocas de Letterboxd? ¿Qué sentido tiene escribir sobre películas más allá del me gusta o no me gusta?
Para responder esta pregunta —y no seguir procrastinando—, intento estas notas para hablar de dos películas de estreno reciente —una muy exitosa y otra no tanto—- que considero que no han sido comentadas lo suficiente en nuestro medio.
Un poeta (2025) de Simón Meza
Estrenada a comienzos de año en los cines independientes de Quito, y recientemente disponible en Netflix —y por lo tanto ya pirateada en internet—, Un poeta ha dado mucho que hablar en la vecina Colombia, donde fue un inesperado éxito de taquilla (250.000 espectadores), a pesar de lo “poco comercial” de su trama.
Y es que, si bien Bolaño redescubrió la figura del joven poeta para la literatura, la última vez que habíamos visto a un poeta en el cine latinoamericano —descontando las películas sobre Neruda— seguramente fue en El lado oscuro del corazón (1992) de Eliseo Subiela.
Pero al contrario de esta película, que romantizaba hasta la sublimación la figura del poeta como personaje “maldito” y constructor de metáforas —al mismo tiempo que la película las destruía al “ponerlas en escena”—, Un poeta es una comedia negra que se burla todo el tiempo de su personaje.
Desde el comienzo, Oscar Restrepo (interpretado por el actor natural Ubemar Ríos) es presentado como un ser patético y trasnochado: un poeta desempleado de mediana edad que vive con su madre, a quien le trata de sacar plata (y el carro) para negocios ilusos, mientras amanece en las calles de Medellín hablando de su poeta de cabecera, el malogrado José Asunción Silva. Cuando no está borracho, frecuenta La Casa de la Poesía, un centro cultural bastante cutre (que recuerda a nuestros parroquiales y espesos núcleos de la CCE), donde alguna vez publicó sus poemarios y tampoco es tomado muy en serio. Para colmo, tiene una hija que está a punto de entrar a la universidad y necesita plata. En una de las escenas más risibles, va a buscarla a la salida del colegio para disculparse por ser como es y termina por pedirle plata a ella.
Pero todo esto hace que Oscar finalmente recapacite y —como buen personaje de guion arquetípico— acepte un trabajo como profesor de filosofía que antes había rechazado. El segundo acto está servido cuando en la primera clase conoce a Yurlady, una chica de origen humilde que también escribe poesía y que se convierte en un espejo de la relación con su hija, así como una oportunidad de redención, cuando la convence para que se presente al concurso de poesía organizado por La casa de la Poesía…
Habría que preguntar a los poetas ecuatorianos qué piensan de esta caricatura, y del giro humanista que termina teniendo toda la historia, que incluso se da el lujo de burlarse de la corrección política de nuestros tiempos. Pero pienso que el gran éxito de la película en toda la región, se da en parte por la honestidad a la hora de retratar nuestros ambientes culturales, llenos de edificios decrépitos, burocracias kafkianas y escritores grises y anodinos. Lo cual inevitablemente me hace pensar en lo poco verosímil que ha sido este tratamiento en algunas películas ecuatorianas recientes.
En Agujero negro (2018) de Diego Araujo, Víctor Arauz interpreta a un novelista guayaquileño residente en Quito, que en algún momento fue uno de los “secretos mejor guardados de la literatura latinoamericana” según la Feria de Guadalajara (cualquier parecido con personajes reales es pura coincidencia), pero no solo está bloqueado como escritor, sino que atraviesa la crisis de los cuarenta en la lujosa urbanización cerrada del valle a donde se ha mudado con su pareja.
Primer inverosimilitud: ningún novelista ecuatoriano vive en una lujosa urbanización del valle (al menos que sea un abogado encubierto). Pero el problema se vuelve peor cuando cada tanto habla por teléfono con su editor, quien lo presiona insistentemente para que entregue su nueva novela. Como si en Ecuador existieran editores que presionan a los escritores para que entreguen sus novelas, cuando lo más frecuente es que los escritores esperen años para conseguir editorial o se vuelvan editores para auto publicarse.
En Los ahogados (2025) de Juan Sebastián Jácome persiste un problema similar. Giovanna Andrade, también interpreta a una escritora guayaquileña en Quito, y también vive en una lujosa mansión junto con su marido, un exitoso oftalmólogo, donde hay un crimen que involucra a la servidumbre. Pero aquí el lugar de residencia no salta tanto por la profesión del marido, sino, nuevamente las reuniones con su editor, que más parece un influencer por su pinta y un coach por su lenguaje. Y aunque escuchamos fragmentos de su obra en una sala abarrotada de público (otra inverosimilitud), nunca nos queda claro si es una escritora de thriller o autoayuda.
En general, Los ahogados pertenece a un tipo de película ecuatoriana que trata de no llamar demasiado la atención sobre su nacionalidad, y parecería transcurrir en un lugar genérico de América Latina (la película La mala noche es la mejor exponente de esto).
Hiedra (2025) de Ana Cristina Barragán
Todo lo contrario a estas últimas, Hiedra es una película que no rehúye retratar a su sociedad y no solo es la mejor película de su directora, sino una de las mejores películas ecuatorianas de todos los tiempos.
Dicho esto, es una lástima que no haya conectado con su público durante su estreno comercial. No conozco cifras pero basta decir que cuando fui a verla, era el único espectador en una sala de Supercines. Y cuando la recomendé a familiares sensibles, me reclamaron por el grupo de Whatsapp a la salida del cine.
Parecería que fuera de Letterboxd, un cine como el de Ana Cristina Barragán, con una fuerte vocación autoral y un manejo distinto de los tiempos al que estamos acostumbrados en la era de las series de Netflix, tiene cada vez menos cabida.
Curiosamente, Barragán ya había demostrado tener ojo para retratar las sutiles diferencias dentro de una misma familia en Alba (2016), la historia de una hija de padres divorciados que va a vivir con su padre, un oscuro burócrata, cuando su madre, más adinerada, fallece.
En La piel pulpo (2022) también se ve una familia compuesta por hermanos de diferentes padres que viven en una especie de isla frente a las costas de una ciudad —una mezcla entre Guayaquil y Quito— que fue lo que me atrapó de la película.
Todas estas exploraciones sobre la “familia alternativa” son llevadas a otro nivel en —Hiedra—, ganadora al mejor guion en el Festival de Venecia.
Azucena (interpretada por la actriz mexicana Simone Bucio) es una mujer en la treintena que en su temprana juventud dio a su hijo en adopción y que —a raíz un tema de salud que nunca se revela— se va a acercando progresivamente a los adolescentes rezagados de un orfanato, donde conoce y frecuenta a Julio (interpretado por Francis Llumiquinga) quien por edad y situación “podría ser su hijo”, a pesar de tener un tipo físico muy diferente a su madre.
Así, las rutinas cotidianas y contrastadas de Azucena, que trabaja como dependienta en una sofisticada cadena de ropa trasnacional, y Julio, que pasa sus últimos días en el orfanato junto con sus compañeros —como él, de marcada extracción andina— se van entretejiendo hasta fundirse en una sola, compleja historia al final.
Ambos personajes descubren no solo lo que les separa —la escena del “hermano de navidad” entre los niños del orfanato y los de un exclusivo colegio es muy elocuente al respecto— sino lo que tienen en común, como la forma en que cada uno se ocupa de personas frágiles en su entorno, ya que Azucena asiste a su anciano abuelo y Julio cuida a los bebés recién llegados al orfelinato (¿herencia genética o coincidencia?).
Y si bien el tema de los cuidados es lo que al parecer más llamó la atención a los pocos críticos locales que se ocuparon de la película en medios digitales, es sin duda el magistral uso de un recurso tan antiguo como el cine, el montaje alterno entre las historias de ambos personajes, lo que seguramente le ganó el premio en Venecia y debería estudiarse a fondo.
Y es que para poder mirar y apreciar el cine de Ana Cristina Barragán, hay que conocer la deriva “contemplativa” que tomó cierto cine latinoamericano a inicios de siglo con cineastas como Lucrecia Martel, que de alguna manera intentan hacer un cine más cercano a la realidad y opuesto al artificio de Hollywood, lleno de planos largos, diálogos imperfectos y silencios incómodos.
Comentarios por Fernando Montenegro