Jamely Esmeralda

Lo primero que sabemos de los Kim, la familia que protagoniza la cinta surcoreana Parasite, es que viven debajo del suelo. Lo sabemos antes de siquiera conocerlos. El lugar que ocupan, el sitio al que pertenecen, parece ser a priori más sustancial que sus propias caras. La cámara va haciendo un detalle de la ventana subterránea, de las paredes ennegrecidas por el moho propio de una habitación que carece de luz solar, de los objetos sucios, de la estancia que transpira bochorno, hacinamiento y mala iluminación. Afuera se aprecia un barrio de clase popular, pero incluso ese barrio está a nivel del asfaltado público. 

Los Kim, nos dicen en los primeros veinte segundos de película, están todavía más abajo del piso. 

Inmediatamente después nos dejan ver al primer integrante de los Kim, Ki-woo, intentando agarrar señal de wifi en su celular, alzando el brazo, tratando de alcanzar la red que nos dejan saber, pertenece a una vecina que vive arriba y que seguro ha cambiado la clave. Entonces conocemos a Ki-jung, la hermana menor, que también intenta conseguir acceso a internet, y a Choong sok y Ki-taek, los padres, acostados en el suelo sobrellevando la tarde calurosa. 

Esta es la circunstancia de los Kim: ninguno tiene un trabajo estable ni bien remunerado, subsisten con lo que les deja doblar manualmente cajas de pizza, no cuentan, en apariencia, con ningún tipo de capital económico, social ni académico de relevancia que les permita cambiar de manera significativa su realidad material. Ki-Taek tiene la impasividad monástica ante la incomodidad de alguien que ha estado acostumbrado toda su vida a comer mierda; Choong sok es irónica, cínica incluso, plenamente consciente de su situación y casi a la espera de que alguien haga algo por cambiarla; Ki-woo y Ki-jung, por el contrario, se la buscan como pueden, e intentan dentro de sus limitaciones sacarle el mayor provecho a las escasas oportunidades que tienen de recibir algo de la vida. 

Este texto comenzó a escribirse antes de que el New York Times nombrara en julio de 2025 a Parasite como la mejor película del siglo XXI, pero creo que bastante antes de la lista, no era un secreto para la mayoría aficionados al cine el pedazo de historia que Bong Joon-ho (Okja, Snowpiercer) estaba poniendo a funcionar. Es envolvente y patética, aturdidora y divertida, pero sobre todo, está magistralmente escrita y ejecutada. Cada segundo, cada tiro de cámara y plano, cada gesto, mirada y palabra están puestos allí para construir una crítica profunda hacia la sociedad surcoreana en particular, y al sistema de clases en general. Me es difícil, como ya resulta obvio, hablar de Parasite de manera neutra, primero porque soy socialista y segundo porque tengo predilección por las cosas bien escritas. O mejor dicho, tengo predilección por las cosas que pueden ser bien leídas, que puede ser un poco distinto. 

Nada se produce en un vacío, y entre otras cosas, ese podría ser el tercer motivo por el cual me gusta esta película, galardones del NY Times de lado: Parasite es sensible al ambiente político en el que existe, y no teme dejarlo en evidencia, se pone allí afuera de manera muy honesta, muy franca, para que no quede lugar a dudas lo que está diciendo. 

En este mismo orden de ideas, para mí es una pregunta recurrente cuando la gente en Ecuador ve una película que cuestiona algo, entiende esa intención crítica en algún nivel. No es una interrogante gratuita: para poder captar las múltiples capas en que un producto comunica, debes saber leer, y después de años trabajando en comunicación, de tener un espacio digital donde comparto escritos y de estudiar una carrera en letras, puedo decir con más presunción que con hechos que la mayoría de los ecuatorianos no sabe leer. Algunos están alfabetizados, muchos tienen títulos incluso, pero no saben leer. 

Esto es producto de varios factores, claro. El histórico abandono gubernamental del sistema de educación pública, que en estos años no ha hecho más que empeorar; la escasez de bibliotecas públicas de calidad; y también la propia idiosincrasia ecuatoriana, la cual, si le preguntas a otro más cínico que yo, desdeña de la curiosidad intelectual en todo sentido. Esto no sólo amplía las ya laxas brechas en educación formal entre la clase trabajadora y las élites ecuatorianas –que nuevamente, si le preguntan a alguien más cínico que yo, ni estas últimas son realmente cultas ni de intelecto curioso–, sino que además imposibilita la adquisición de habilidades blandas necesarias para establecer la conexión que existe entre un producto cultural o de entretenimiento y la sociedad con la cual este interactúa. 

Me pregunto, por ejemplo, si mi compañero de trabajo, Javier, habrá caído en cuenta de las 36 veces en que a través de líneas ascendentes Parasite nos muestra que entre la clase trabajadora y la burguesía existen fronteras tácitas, casi invisibles, no obstante, poderosísimas y muy reales. Me pregunto si será capaz de entender desde su casa en Villa Club que está más cerca en la franja al desempleo, la precarización, la carencia, que de los Park, la millonaria familia que emplea a los Kim en la película. Lo dudo, Javier es pro Israel, “banca” a Milei y al, según le llama, capitalismo libertario. 

O si mi vecina, la señora Gracia Letamendi, que tuvo que ponerse una cafetería en su casa ubicada en zona residencial tradicional porque así su economía se lo exigió, entenderá que si debes depender de tu fuerza de trabajo para subsistir es porque estás más cerca de dormir en un albergue, como la familia Kim luego de la inundación en el segundo acto, que de pertenecer al círculo cercano del hombre retratado en el cartón-tamaño-humano que tiene afuera en el patio.  

O si mi tía —quien apoya la militarización de los barrios, la privatización de los servicios, y por encima de todo a la familia más rica del país al poder—, se verá reflejada en la señora Gook Moon-gwang, el ama de llaves de los Park, que apenas siente que los nuevos empleados suponen un riesgo para el delicado ecosistema que ha aprendido a sostener para hacerse paso en un mundo donde los Park dominan, desdeña de ellos por ser tan pobres como ella, pero peor. Me pregunto si habrá podido leer la sutil comparación que hace la película con el personaje del esposo de Gook Moon-gwang, Oh Geun-sae, poniéndolo a vivir también debajo del suelo, al igual que los Kim, y cuando llega el momento de compararse, aun así Gook Moon-gwang, en su alienación, se siente superior, acaso porque su subterráneo guarda más proximidad con los patrones. 

Me pregunto si es capaz de ver cómo Parasite nos interpela directamente a todos, cómo nos confronta a escala global con el sistema económico que permite la existencia de realidades tan desiguales. Me pregunto si Javier, Gracia o mi tía, tienen alguna sospecha al menos de que todo eso se estaba discutiendo en este film. Me queda la duda de si ellos, y los ecuatorianos que la vieron, son capaces de encontrar en algo tan cotidiano como un film pequeños destellos de nuestro propio reflejo, si pueden trasladar el espejo social que supone Parasite a nuestro propio contexto, si logran hacer las conexiones, las traducciones simbólicas, las adaptaciones contextuales. 

Quizás para la mayoría sólo fue una película que al principio era una comedia, y que eventualmente fue transformándose en un thriller con tintes dramáticos. Como el Ecuador, también, ¿no?

Jamely Esmeralda

Nacida en Guayaquil en 1998. Estudió Literatura en la Universidad de las Artes. Fue seleccionada estudiante embajadora por la Cumulus Global Art and Design Educartion en 2021. Es creadora de contenido digital político desde 2025. Ha sido invitada a conferencias, encuentros y conversatorios sobre derechos humanos y pensamiento político como keynote speaker por Universidad Casa Grande, Universidad de Guayaquil, Universidad de Milagro y fundaciones como Rosa Luxemburgo sede Quito.