Xavier Ayala Robles

Me apena decir que descubrí a Miguel de Cervantes algo tarde; fue en la carrera de Literatura. El ingenioso hidalgo don Quixote de la Mancha era más que un loquito que creía ver gigantes en lugar de molinos de viento. Al empezar a leer esta maravillosa obra, me dio vergüenza no haberla leído antes. Recuerdo haber ojeado, de adolescente, una versión adaptada del Quijote, pero no era lo mismo. Tras haber leído muchos libros a lo largo de mi vida, y después de leer al ingenioso hidalgo, me di cuenta de que un gran número de autores han bebido de esta obra insigne. Se dice que el escritor ecuatoriano Pablo Palacio se adelantó al vanguardismo; Un hombre muerto a puntapiés es el ejemplo. Estoy de acuerdo con eso, pero también bebe de Cervantes. Dudo mucho que Íñigo Salvador Crespo, quien escribió el prólogo de la obra de Palacio, haya notado esta similitud. Su famoso “¡Chaj! Con un gran espacio sabroso. ¡Chaj!” proviene del capítulo XI de la primera parte del Quijote, aunque la onomatopeya es propia del escritor lojano.

Todos nos inspiramos en alguien o en algo para crear. Algunos afirman que Pablo Palacio se inspiró en la obra de Franz Kafka, pero aquello es poco probable por los tiempos. Lo que sí resulta plausible es que haya tomado ideas de Miguel de Cervantes. Hace años escuché que solo existen diez obras literarias originales; las demás son variaciones. Si eso es así, Rosita Quiroz toma de los mejores escritores para construir su logrado libro de cuentos La mar: hijidades. La escritora del cantón La Libertad se ha forjado un nombre propio dentro de la literatura ecuatoriana. Ya ha sido reconocida, pese a su juventud, con premios y galardones. En esta obra percibo la influencia de Samanta Schweblin, Mónica Ojeda, Stephen King e incluso H. P. Lovecraft. Sin embargo, la autora imprime su propio sello: como peninsular que es, añade una sensibilidad particular, una sal propia.

El libro abre con el cuento “Endócrino”, un relato cercano al estilo de Schweblin, con un final de resonancias cortazarianas. La relación madre e hija, con todas sus complejidades, se mezcla con la monotonía de la vida peninsular: sus olores, sus costumbres, sus miedos. Incluir a Poseidón no parece encajar en el contexto, pero eso es precisamente lo que hace interesantes los cuentos de Rosita Quiroz: no se complican ni en tiempo, ni en espacio ni en lugar, aunque la mar sea la constante omnipresente. ¿Por qué exiliar al pobre dios griego de tierras ecuatorianas, si el mar es uno solo? La veranera roja, planta nombrada en el cuento, me recuerda a El color que cayó del cielo de H. P. Lovecraft. En «Virgen yodada”se mencionan lugares reales de la geografía peninsular: la playa La Carioca existe y pertenece al mismo cantón de la autora. En este cuento se describe la procesión de la Virgen del Mar, una celebración real. Los rituales católicos son relatados vívidamente, con un toque personal, aunque místico. Hay mucho de Quiroz en este libro; también hay mucho del Ecuador actual.

En el cuento los hermanos de Elvira Contreras tienen un final propio del diario Extra. A uno le han sacado los ojos por no pagar una deuda, dejándolo podrirse en los matorrales; a otro lo han asesinado por haber robado ganado. Si en el primer cuento se abordan los conflictos con la madre, en este se exploran los relacionados con el patriarcado. Ya desde el título del libro nos damos cuenta de que es una hija quien narra estas historias, y que el contexto es el mar, o la mar; ambos artículos determinados entran en juego dentro de la obra. La Virgen ha otorgado a la protagonista su más noble deseo, sin saber que deberá pagar un alto precio por ello. Rosita Quiroz rinde un homenaje a Efraín Jara Idrovo con estas líneas:

Contreras, la carroña. Carroña sabor Contreras

Contreras salino e incompleto.

Contreras, el festín.

En el tercer cuento, “Pinganilla, Rosita Quiroz crea su propia mitología. El sexo, el mar y la sal se fusionan y se transforman en un octópodo que termina por consumirlo todo. Creo que Rosita se está convirtiendo en nuestra H. P. Lovecraft: “Coser a mano es una ceremonia diaria, ritual en el que elige uno de los hilos viejos y cose pedazos de relatos que llenan el vacío emocional de su soledad”. En este cuento se mantiene la temática de las hijidades: “La ropa le recuerda sus días de madre joven: las peleas constantes con sus hijas, que siempre la rechazaron más que sus hijos varones”. En La ojeada, el mar es el amante de la protagonista, hasta tal punto que cumple con todos sus deseos, aunque no todos sean correctos. Cegado por la traición, el mar decide cobrar venganza dejando de cumplir los caprichos de la ojeada. El castigo es la incompatibilidad: ahora ella es aceite; mar y óleo no pueden intimar. 

Es difícil decidir cuál es el mejor cuento del libro; tal vez “El buque de las muñecas” lo sea. A veces, la sencillez de un relato bien narrado sucumbe ante otro más ambicioso y ornamentado. Esta historia es contada por una niña que relata la relación tóxica que su madre mantiene con su otra hija, de doce años. Cada año llega un buque para llevarse a las niñas desobedientes y devolverlas, después de tres o cuatro años, convertidas en mujeres obedientes, serviciales y sumisas. La crítica al patriarcado está implícita: “Siempre hacía la cama sin que me lo pidieran, hacía la comida y lavaba la ropa, la mía y la de mis hermanos, que vinieron al mundo con la ventaja de ser servidos”. Al final se desata una revolución inesperada: hijas contra madres. El desenlace es maravilloso; no siempre es necesario un KO cortazariano. Parece ser que «Ojos nevados» es el cuento más autobiográfico de Rosita Quiroz. Pienso que puede haber muchos elementos cotidianos y familiares en él. El terror se asoma sutilmente para revelarse por completo al final. Hacer de la cochinilla una de las últimas trompetas del apocalipsis me parece una idea genial.

Con “Masería y Ermitaña” Rosita Quiroz cierra su libro. El primero es apenas una transformación kafkiana; el segundo, mejor logrado, es la cereza del pastel, donde madre e hija toman rumbos diferentes, aunque de una forma fitzgeraldiana. Otra trompeta suena, la última del apocalipsis, cerrando la historia con el mar cubriéndolo todo. Entre líneas escucho otra trompeta, pero esta vez de ovación, para nuestra nueva escritora. Este libro es un trabajo muy meticuloso y amigable con el lector.Presenta errores de edición fácilmente subsanables; nada alarmante: me he encontrado con peores incluso en Seix Barral. Cumple con el deseo de todo buen escritor: que el lector no suelte la obra hasta terminarla.Rosita Quiroz, un mar de habilidades, se perfila como una de las grandes escritoras ecuatorianas.

Xavier Ayala Robles

Egresado de la carrera de Literatura por la Universidad de las Artes. Fue finalista en el Concurso Internacional de Literatura Viña Joven en su edición XVIII, bajo el género de cuento. Recientemente colabora en Párrafo Magazine de la Universidad de California, Estados Unidos (UCLA). Se decanta por la crítica literaria y cinematográfica. Más que escritor se considera un buen lector. Siendo Borges y Cortázar algunos de sus escritores predilectos.